Masacre de cervicales y hedor a lo podrido: Six Feet Under desentierra los muertos en el Circo Volador

Masacre de cervicales y hedor a lo podrido: Six Feet Under desentierra los muertos en el Circo Volador

El Centro de Arte y Cultura Circo Volador amaneció con el piso pegajoso de chela, sudor añejo y trozos de dignidad aplastada. La noche del jueves 15 de octubre de 2026 no fue un concierto: fue una exhumación clandestina en pleno Calzada de la Viga. Chris Barnes y su cuadrilla de carniceros aterrizaron con Six Feet Under para recordarle a la banda qué se siente que te taladren los tímpanos a punta de puro groove y death metal de la vieja guardia.

Playeras deslavadas de banda del género, parches roídos por el tiempo y un tufo inconfundible a mota y garnacha aceitosa marcaban el perímetro. Los compas armando la vaquita para la caguama previa y los cadeneros con cara de pocos amigos daban la bienvenida al pandemonio habitual de la capital.

Adentro, la caldera prendió fuego rápido. Con el pit todavía ajustándose las vértebras tras el desmadre de la banda telonera, Pactum —que salieron a calentar motores sin pedir tregua—, las luces se apagaron y el rugido de la jauría no se hizo esperar.

Cuando Barnes pisó la tarima, encorvado, con esa mata legendaria que desafía cualquier ley biológica y una mirada de haber salido directo de una morgue, el Circo se vino abajo. Bastó el primer trancazo en la batería y ese bajo empapado en fango para soltar la carnicerí y dar pie slam, bodysurf y vasos volando al techo abovedado.

Barnes, a quien muchos daban por desahuciado de la garganta en los foros de internet, soltó sus clásicos guturales ultratúmbalos y chillidos lacerantes. No vino a dar clases de técnica lírica; vino a escupir podredumbre. La precisión rítmica de la banda fue un muro de concreto: riffs pesados, lentos, machacantes, de esos que obligan a cabecear aunque al día siguiente no puedas ni voltear a ver si viene el microbús.

El clímax llegó cuando soltaron los guamazos, sin importar que la rodilla duela en la infaltable versión asesina de “TNT”, coreada a puro pulmón rasposo por veteranos de mil batallas y morros que apenas se están estrenando en el noble arte de salir con un moretón en la costilla. El lobby parecía zona de desastre: playeras desgarradas, risas desencajadas y la fila del puesto de playeras pirata al tope para llevarse el recuerdo oficial o no del evento.

Six Feet Under no inventó el hilo negro anoche, pero demostró que mientras haya un amplificador rugiendo y un puñado de metaleros dispuestos a romperse la madre en el pogo, el death metal de alcantarilla sigue más vivo y pútrido que nunca.



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